Enedina

   Enedina no leía libros, pero sí analizaba rostros, y veía en ellos las más increíbles historias de amor, los mejores relatos de miedo y los sucesos más extraordinarios jamás contados. Por eso, y no por vanidad, se maquillaba tanto: para ofrecer las mejores páginas de su vida en el caso de que alguien más fuera capaz de leerlas.

Tiempo de perogrullos

—Aquí estamos.
—Sí, aquí estamos.
—Mañana no se sabe.
—No, no se sabe.
—El tiempo vuela.
—La verdad es que sí.
—Que sí qué.
—Eso, que el tiempo vuela.
—Sí, claro. Siempre lo he dicho.
—Y yo.
—Y no se recupera.
—No, no vuelve.
—Por eso no debemos malgastarlo.
—No, no debemos.

Lapsus

   Tal vez alguien te contó que nos quisimos. Se sabe que la mente crea recuerdos cuando una persona nos repite una historia durante mucho tiempo. Te dicen que algo sucedió de una u otra manera, y tú llegas a creer que estabas allí y que viviste esa situación aunque no fuera así. Por eso debes creerme: si te hubiese querido, no lo hubiera olvidado.

Dobles

   Me han dicho que tengo un doble viviendo en el otro lado de la isla, y de vez en cuando me llegan noticias suyas. Me cuentan que está bien, que cambió de trabajo, que sigue viviendo en Los Llanos de Aridane. A veces me pregunto si también a ella le hablarán de mí, si sabrá lo que hago o lo que evito a toda costa. Me inquieta pensar que me considere su doble y no al contrario, o peor aún, que en el fondo no seamos más que dos partes de la misma cosa, que vivamos cada una en un lado de una isla simétrica, tan igual y tan diferente como los dos perfiles del rostro que al parecer compartimos.

Compañeros de piso

   Desde hace años, conviven debajo de mi cama el Hombre del Saco, el Coco y un par de fantasmas. Ahora se han añadido la hipoteca, el colesterol elevado y el paso del tiempo. Un día de éstos tendré que hacer algo, pero no sé cuándo. Lo único seguro es que ya no me queda espacio para tanto miedo.